miércoles, 9 de octubre de 2013

Un cuentito, para dormir niños

(el cuentito está más abajo)

A veces (siempre que los dejamos, bah) lxs hijxs nos piden que les contemos un cuento.
A veces hay que inventar, claro... tratamos de amasar algo, juntando nuestras propias lecturas, algún guiño para nuestro hijo, algo que le ponga un toque de valor ético, alguna imagen maravillante, que les dé sueño...y alegría....y así armamos lo que se puede, mientras ellxs nos miran con ojos de amor (nada hay como esos ojos de amor y cansancio...cuando les contamos un cuento)

Justo hace un par de noches apareció este cuentito que me gustó bastante.
Siempre olvido los cuentos apenas terminada la tarea de contarlos (generalmente me duermo yo mismo apenas termino de contarlos, sobre todo esos que voy alargando y monotonizando para que palme la bestiecilla).

Éste, sin embargo, se quedó dando vueltas, juguetón, en mi cabeza. No sabía por qué, pero ahora lo sé.
Quedó dando vueltas porque tenía que ser escrito. Yo no lo sabía, pero era un regalo para un amigo querido que anda preparándose para paternizarse. Él, a veces lee lo que se escribe en este blog. Tal vez se tope, de sorpresa, con este regalito... así que....en alguna de las mágicas mil y una noches que te esperan, chango querido; tal vez, alguna variación sobre este cuento te salve la inspiración. ahí va. Abrazo.


------------------------------------------------------------------------------------------------------------

"NICO Y EL LIBRO DE LAS RESPUESTAS"

Había una vez...claro, siempre había una vez, un niño llamado Nico.
Era bastante alto, aunque nunca había sido el más alto del grado; le gustaban los helados de frutas, especialmente los de sabores ácidos; sabía treparse a los árboles; era muy cariñoso con su familia, y le encantaba jugar con su perro -un lindo perrito salchicha llamado Pancho, por supuesto.

Pero había dos cosas que eran especialmente notables en Nico. La primera, su incansable curiosidad, su constante inquietud por conocer todo sobre todo, su inagotable capacidad para preguntarse y preguntar acerca de cada cosa que pasa en el mundo -¿cómo se forma el arco iris?, ¿por qué lo vemos solo cuando llueve?, ¿Por qué es redondo y no cuadrado?, ¿se ve desde la luna?
Nico podía estar el día entero haciendo preguntas de esa clase –y la noche entera también, si no tuviera que ir a dormir.

La segunda característica notable de Nico, digámoslo de una vez, es que era muy vago para estudiar en la escuela. No era que no le interesaba, ni que le resultara difícil aprender. Se trataba, simplemente, de que le molestaba esforzarse, no quería hacerlo, y no lo hacía.

Una mañana de domingo, mientras la familia disfrutaba de una salida con picnic en el parque, Nico se sorprendió al ver pasar cerca suyo a un extraño personaje.
Era un señor bastante mayor, un anciano. Su cabello, perfectamente blanco, largo y muy lacio. Se notaba que también era muy suave. Sus ropas eran blancas, también; sandalias, pantalón, camisa y chaleco. Llevaba una mochila de tela, blanca por supuesto, y del mismo color era el collar que se adivinaba en su cuello.
Al pasar cerca de Nico se miraron, y se sonrieron.
Como tantas otras veces, el inquieto Nico se tentó con una pregunta que no pudo dejar de hacer en voz alta. “¿Por qué toda su ropa es blanca?”, dijo. “Porque me gusta mucho ese color”, respondió el anciano. “¿Y por qué nos gustan unos colores y sin embargo no nos gustan otros?” preguntó rápidamente Nico.
“Esa sí que es una excelente pregunta”, dijo el anciano. “Es que me gusta mucho hacer preguntas y conocer las cosas” se apuró a contestar Nico, orgulloso, mirando a sus padres, que observaban divertidos la conversación.
“Pues, entonces, creo que tengo algo exactamente para vos”, dijo el anciano de ropas blancas, metiendo una de sus manos en la mochila, para sacar un libro.
Era enorme. El anciano, que tenía manos muy grandes y un poco arrugadas, apenas si podía agarrarlo con una sola de ellas.
Era pesado, también, y sus tapas de un hermoso cuero, blanco, con el título impreso en  letras doradas: “El Libro de las Respuestas”, se llamaba.
El anciano le contó entonces que ese libro contenía todas las respuestas a todas las preguntas que todos los niños se habían hecho alguna vez, desde siempre. En cada página había una pregunta curiosa y su respectiva respuesta. 
Pero el libro tenía un encantamiento: Sólo se podría abrir una vez por día; a las 9 de la noche, y sólo se mantenía abierto por 5 minutos, antes de cerrarse hasta el otro día.
“Yo lo he leído prácticamente todos los días, desde que era un niño inquieto y me lo regalara una amable señora”, dijo el anciano, “ahora es tiempo de que se lo pase a otro niño inquieto”.
Y diciendo esto, le entregó el libro a Nico –quien apenas pudo sostenerlo con sus dos manos-, saludó a la familia y se marchó.
Cuando se iba, Nico le hizo una última pregunta: “¿Cuál es tu nombre?”. “La respuesta a esa pregunta también debería estar en el libro”, dijo el anciano, y siguió su camino.
Nico apenas pudo aguantar hasta que llegaran las 9 de la noche. Trató de abrir el libro antes, pero fue imposible. Esperó la hora señalada, sentado impaciente frente a él. Y a las 9 en punto, lo abrió. 
Las hojas eran completamente negras y estaban escritas en un blanco brillante, sus letras eran hermosas.
La página que abrió era la 274. Leyó la pregunta: “¿Cómo se transforma el carbón en diamante?“. Era una pregunta realmente fascinante. Nico comenzó a leer la respuesta, ansioso y apurado, porque sabía que el libro se cerraría en tán solo 5 minutos.
Pero las palabras se le trababan en la lengua y en la mente, sentía que su corazón latía muy rápido, y al mismo tiempo que intentaba leer, algo en su cabeza contaba el paso de los segundos. Todo era confuso, y no podía avanzar. Se sentía igual que cuando enterraba las piernas en la arena, en la playa, y luego quería correr, pero no podía hacerlo.
Cuando estaba por la mitad de la respuesta, de repente, el libro se cerró.
Nico pensó que era el libro más estúpido que jamás se había escrito.
Estuvo a punto de tirarlo a la basura. Esa noche le costó dormir. El día siguiente estuvo más distraído que nunca en la escuela, pensaba solo en el libro…y también, en que llegaran nuevamente las 9 de la noche.
Entonces, una vez más se acomodó frente al librote. Sentía las manos frías, aunque era una noche de calor en aquella primavera, una vez más su corazón comenzaba a latir a ritmo acelerado. Lo abrió.
Esta vez fue en la página 627. Leyó la pregunta: "¿por qué nuestra sombra a veces es mucho más larga y a veces mucho más corta, si nosotros tenemos siempre el mismo tamaño?”. Esta pregunta me encanta, pensó Nico, siempre quise saberlo. Y una vez más comenzó a leer, pero lo hacía lento, atolondrado, trabándose en cada palabra, ansioso, sin siquiera comprender lo que leía. Y una vez más el libro se cerró antes de que pudiera leer la respuesta completa.
Fue entonces cuando Nico finalmente comprendió.
El problema no era el libro, el problema era que él no sabía leer correctamente. Nunca se había dedicado a hacerlo, nunca se había esforzado en leer lo mejor posible, se había conformado con leer lo mínimo indispensable para que la maestra no le llamara la atención, y nada más. Y así no podría jamás conocer las respuestas, a todas las preguntas, que se hicieron todos los niños, desde siempre.
“Esto tiene que cambiar”, se dijo. Y decidió que mejoraría su lectura. No volvería a abrir el Libro de las Respuestas hasta que no supiera leer correctamente. Y así, mientras el libro seguía cerrado en su cuarto, Nico fue leyendo cada día un poquito mejor. Al llegar el verano, sintió que estaba preparado para intentarlo una vez más..
Llegó así la noche del día en que volvería a abrir el libro. Lo hizo, a las 9 en punto. 
Página 358. Nico estaba tranquilo, y leyó la pregunta: “¿para qué necesitamos dormir todas las noches?" “Cierto”, dijo Nico, “¿para qué lo hacemos?” y muy decidido, sabiendo que podía hacerlo, comenzó a leer…y leyó. Leyó sobre nuestro cuerpo, y lo bien que le hace acostarse en la cama, y relajar lentamente todos los músculos, los hombros, los brazos, las piernas; dejar que las piernas y los pies se estiren suavemente, hasta los dedos. Sentir las sábanas suaves y frescas, acomodar la cabeza en la almohada y cerrar los ojitos, tranquilos. Y pensar en cosas lindas, en recuerdos hermosos, en la familia que amamos, recordar algo divertido y dejar que el sueño llegue, nos relaje, y recuperemos las fuerzas para el día que comenzará mañana.
Nico terminó de leer la respuesta, respiró profundamente y cerró sus ojos. El libro se cerró. Estaba feliz. Esa noche durmió como nunca.
Lo había logrado. Desde entonces, cada día leería una de las maravillosas respuestas del Libro. Y cuando fuera más grande seguramente podría leer varias por días. Así lo haría, casi todos los días. 
Una noche, cuando tuvo 23 años, leyó en la página 897 que el hombre que le había regalado el libro se llamaba "Horacio"
Y cuando ya era grande, y había leído muchas respuestas –no todas, porque eso era imposible-, en un atardecer  domingo, Nico le regaló el libro a una niña que le preguntó por qué la luna se reflejaba en el lago.
                                                                       *  *  *


No hay comentarios.:

Publicar un comentario